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Año: 2006
Dimensiones: 1,44 x 2,33 mts
Técnica: y soporte Instalación
Exposición: Feria de Arte Contemporáneo Periférica 2006 Centro Cultural Borges, Buenos Aires, Argentina
Reflexión:

Ernst Gombrich en su ensayo Meditaciones sobre un Caballo de Juguete o las Raíces de la Forma Artística (1951), esclarecía con claridad el magnetismo que poseen los juguetes, en tanto cuerpos de carácter simbólicos-metafóricos, que en su activación por medio del juego, conminan diremos gloriosamente a los niños (as), a ocuparse de utilizar su imaginación , en un proceso donde la libertad se convierte en la herramienta fundamental para vivenciar una gama innumerable de sutiles, intensas y fuertes emociones, y junto a ello, a experimentar placer estético .

Abandonando la infancia nuestra relación tan directa con los juguetes se aquieta y extravía, pero la memoria de los vivido se mantiene en nuestro ser como una ráfaga fresca de viento. Pero en ese paso de la infancia a la pubertad, luego a la adolescencia, y después a otros diversos estados etáreos, se desarrolla en muchos un sumidero que la propia cultura propicia al demarcar una contraposición entre fenómenos propios del juego y los juguetes, como son los sueños (los cuales, en muchos casos involucran la utopía), y los aprendido, lo señalizado como correcto, tornándose irremediable la relación ilusión y cultura. Provocándose con ello, un desgastante estancamiento del ser, cuestión muy común en nuestros días, que sólo ciertos peculiares fenómenos como el arte son capaces de soslayar, al punto de restituir desde otra dimensión , experiencias como las vividas en la infancia , cuando éramos capaces des-cubrir e inventar el mundo sin tantos miedos, a través, del juego con nuestros juguetes, que podían ser una simple rama, una piedra, o artículos elaborados por nosotros, por nuestros padres o por la industria.

Desmantelando las nociones de monumento, estado, nación, patria, bandera, nos encontramos con la obra de Esteban Córdova (Santiago de Chile, 1982. Reside actualmente en dicha capital), quien se inscribe dentro de una de los trayectos más sugerentes para la creación artística desde inicio del siglo XX (téngase presente experiencia como los títeres de los Futurista Italianos), la relación de los juguetes y el juego, generando una instalación marcada por una sutileza expresiva que requiere necesariamente para su activación de la participación del público (de los niños (as) que llevamos dentro), para constituirse y consumarse.

Córdova despliega para nosotros en un gesto meditado y pausado un juguete y un juego, y con ello, una serie de reglas para poder jugar este juego. Así nos convoca a un evento que es parte de una serie que lleva seis aproximaciones, donde la utilización de elementos seriados (por ejemplo: barquitos de papel armados a mano, arbolitos plásticos pequeños de diversos colores), la alusión a los lugares donde se instalan las obras, la utilización en ocasiones de la imagen de la bandera chilena, el sentido del viaje, lo efímero, el peso de la cotidianidad, el problema de la memoria personal e histórica que se porta, en tanto ciudadano, el monumento , en tanto referente que delinea a todo un país, y el ser parte de un Estado, se hacen presente. Dándose que en su Monumento de Baja Altura, Cuarta Aproximación, el artista emplaza aleatoriamente a cien soldaditos de plástico, de aproximadamente cinco centímetros de alto cada uno, de color plomizo, de terminaciones

toscas, hechos industrialmente para el público infantil (no olvidemos, que todo juguete construido por adultos no puede abandonar dicha carga, sobre todo este tipo de juguete de orden bélico que recrea el mundo de los adultos y no el de los niños, más que mal, no son los niños quienes desatan las guerras, la violencia o el exterminio como ha ocurrido tantas veces en Latinoamérica), de cuatro formas distintas (unos apuntan un fusil, otros tiran granadas, otros apuntan su revolver y otros parecen tirar una bazuca o un mortero), los cuales, en su disposiciones se ubican formando líneas que restituyen la imagen pétrea y rectangular de la bandera chilena, que en tanto icono o monumento de carácter conmemorativo para el ciudadano chileno, se mantiene perenne en su memoria semántica y remota, en tanto símbolo inculcado por un Estado que busca internalizar – a veces a cualquier precio, pues como dice Max Weber el Estado tiene el monopolio sobre la violencia legítima-en el habitante de un país, una identidad colectiva común que en variadas ocasiones no existe.

¿Pero es sólo a esto lo que apunta la obra de Córdova?, evidentemente no, su obra aparte de hacer patente la nefasta entrega a los niños de valores equivocados como los propiciados por juguetes como aquellos soldaditos que incluye al artista, toca sin nostalgia, pero con crudeza y refinamiento, la propia realidad de su Chile actual, donde la democracia arrastra las secuelas lógicas de no haber resuelto a tiempo una serie de problemáticas acunadas en la dictadura, y donde para mantener un adecuado orden de cosas como reclaman los Estados

1 modernos, cuestión que majadera y constantemente dice los gobiernos concertacionistas ,

se prefiere esconder la basura bajo la alfombra, omitiendo lo máximo que se pueda lo inadmisible. En ello, Córdova extiende por medio de la bandera que elabora, la soterrada frustración de muchas generaciones chilenas, las cuales, son citadas a votar por alcaldes, concejales, parlamentarios, presidente (a), etc., de manera obligatoria, pero no pueden realmente intervenir en la fabricación de un constructo cultural como es su propio Estado, quizás por la propia incapacidad de este, y por la de los ciudadanos mismos, de comprender que un Estado no es el reciclaje de una esencia, sino una realidad por inventarse. A esto apunta la obra desacralizadora de Córdova, atrapándonos en un juego de análisis y cuestionamiento de la herencia no siempre admirable que poseen los Estados, disparándonos sus soldaditos a la pregunta por lo que deseamos íntimamente que sea el constructo antes mencionado, y llevándonos a buscar salidas concientes y lúdicas para levantar otras miradas primeramente en nosotros mismos.

Lynda E. Avendaño Santana Teórica e Historiadora del Arte

Santiago, Chile Noviembre de 2006.

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